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Nueva etapa legislativa; el reto de dinamizar un Congreso paralizado.    

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La reciente elección de José Tomás Zambrano Molina, mejor conocido como Tommy Zambrano, como presidente de la Junta Directiva del Congreso Nacional de la República, marca el inicio de un nuevo ciclo legislativo que, más allá de los protocolos, enfrenta pruebas estructurales profundas.

Zambrano, diputado por el departamento de Valle y figura central del Partido Nacional (PN), no es un rostro nuevo en la política hondureña: desde 2010 ha sido reelecto de manera consecutiva en la Curul, sumando más de una década de experiencia en el legislativo. Es abogado de formación y ha consolidado su carrera no solo como representante popular, sino como operador político dentro de la bancada nacionalista.

Su liderazgo ha sido estructuralmente clave para el Partido Nacional: ha servido como jefe de bancada y ha estado al frente de negociaciones internas y públicas. Precisamente, esta trayectoria fue la que le valió el respaldo mayoritario de distintas fuerzas políticas para asumir la presidencia provisional y posteriormente permanente del Congreso con el apoyo del Partido Liberal, PINU y Democracia Cristiana.

El contexto que recibe Zambrano es formidablemente complejo, el poder legislativo hondureño viene de un periodo de productividad limitada y marcada por bloqueos, enfrentamientos internos y, especialmente, por la parálisis legislativa prolongada que ha frustrado la aprobación de reformas cruciales. La ciudadanía, hastiada de debates infructuosos, reclama resultados y transparencia.

En sus primeras declaraciones, Zambrano ha enfatizado la necesidad del diálogo y la construcción de consensos como base para recuperar la funcionalidad de este poder del Estado, ha destacado que las decisiones no pueden imponerse a fuerza, sino mediante votos y diálogo, dejando claro que busca desvincularse de enclaves partidarios y tender puentes entre las diversas bancadas.

Este enfoque es, sin duda, un intento por romper con la historia de confrontación partidaria que ha caracterizado los últimos años. Sin embargo, ponerlo en práctica no será sencillo: implica concertar con fuerzas con las que han estado enfrentados tanto en el plano político como en el ideológico, y hacerlo, como bien se ha dicho desde diferentes sectores, sin concesiones oscuras.

Zambrano ha delineado una agenda inicial que busca responder a reclamos amplios: reformas electorales, incluida la posible adopción de la segunda vuelta electoral, descentralización, revisión de fideicomisos y subsidios, y ajustes a la Ley Orgánica del Congreso. También se habla de transparentar la gestión de recursos y frenar prácticas como el uso indebido de curules por diputados suplentes, lo cual ha generado críticas en el pasado.

El desafío no es menor. Implica no solo alcanzar acuerdos técnicos, sino construir una narrativa política que garantice que el Congreso deje de ser visto como un campo de batalla entre partidos para convertirse en una institución al servicio de la ciudadanía.

En síntesis, la elección de Tomás Zambrano como presidente del Congreso puede representar una oportunidad para redefinir el papel de esta institución en tiempos de urgencias nacionales. Su experiencia y manejo político le dan ciertas ventajas, pero el éxito de su gestión dependerá de su capacidad para traducir consensos políticos en resultados concretos para la sociedad hondureña.

Más allá de la retórica, el Congreso que inicia sus funciones bajo su liderazgo tiene dos tareas fundamentales: superar la parálisis que lo ha lastrado y reconectar con las necesidades reales de los hondureños. El diálogo será necesario, pero no suficiente, lo que la ciudadanía espera y exige es un poder legislativo productivo, responsable y comprometido con la construcción de un futuro común.